La promesa que no falla

Una lectura pastoral de Romanos 9:6–13

Hay preguntas que no nacen de una discusión teológica. Nacen cuando uno mira la realidad y no sabe cómo encajarla. No siempre las formulamos con palabras, pero se sienten.

¿Qué hacemos cuando vemos a personas que estuvieron expuestas al evangelio, que crecieron en la iglesia, que escucharon la verdad… y que hoy están lejos? No estamos hablando de desconocidos. Estamos hablando de gente cercana, de personas que amamos. Y entonces, aunque no lo digamos así de directo, la pregunta aparece: ¿La Palabra de Dios falló?

Eso es exactamente lo que el apóstol Pablo va a desarrollar en Romanos 9. Después de expresar su dolor por Israel, ahora pasa a explicar la situación teológicamente. Y lo hace con una convicción firme: Dios no falló.

El argumento de estos versículos puede resumirse así: la salvación nunca ha dependido de la descendencia ni del esfuerzo humano, sino del llamado soberano de Dios que crea un pueblo para Sí. Pablo lo demuestra en tres movimientos: no todo Israel es Israel (v. 6); la promesa es por elección (vv. 7–9); y la elección es soberana (vv. 10–13).

1. No todo Israel es Israel (v. 6)

Pablo comienza diciendo: «Pero no es que la palabra de Dios haya fallado». Desde aquí se construye el argumento que se extenderá hasta el final del capítulo 11. Y esto es fundamental, porque desde una mirada superficial podría parecer que sí falló.

Cuando Pablo dice «la palabra de Dios», no se está refiriendo a la Biblia en su totalidad, sino más específicamente a la promesa de Dios (vv. 8–9). Dios había comprometido Su palabra. Israel tenía promesas, tenía privilegios, tenía historia con Dios. Y, sin embargo, muchos no creyeron en el Mesías. Pablo aclara: no, Dios no falló. Y explica por qué: «porque no todos los que descienden de Israel son Israel».

Existen dos niveles de Israel, y hay que entenderlos con precisión. Un Israel definido por la descendencia natural, como nación; y otro definido por la promesa. No todo el que pertenece al Israel nacional pertenece, en lo espiritual, al pueblo de Dios.

Esto no es una novedad neotestamentaria. Ya estaba en el Antiguo Testamento. Dios nunca prometió que todos los descendientes físicos serían automáticamente parte de Su pueblo redimido. La promesa del pacto siempre tuvo una dimensión interna: un pueblo que vuelve a Él de corazón. Siempre hubo una diferencia entre pertenecer externamente y pertenecer verdaderamente. Desde el inicio mismo de la nación, Dios preservó un remanente. Dentro de Israel, siempre hubo un Israel verdadero: un grupo que no solo tenía los privilegios, sino que participaba realmente de la promesa por fe.

Y esto es clave: la promesa nunca fue diseñada para cumplirse en todos sin distinción, sino en aquellos a quienes Dios, por gracia, llama y lleva a responder en fe. La implicación es esperanzadora: el rechazo que vemos por parte de Israel no es total. Dios no abandonó Su palabra. Dios sigue salvando. El verdadero Israel, que es espiritual, sigue existiendo. Pablo mismo lo afirma más adelante: «a Israel le ha acontecido un endurecimiento parcial hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y así, todo Israel será salvo» (Ro. 11:25–26).

Pablo describirá a este remanente, unos versículos más adelante, como «hijos de la promesa». Son hijos no porque alguien decidió tenerlos, no porque nacieron en cierta familia, no porque hicieron algo para merecerlo, sino porque Dios prometió, y Él mismo cumplió lo prometido. Como dice Juan 1:13, «no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios». Su origen no está en el hombre; está en Dios. Cuando Dios promete, no solo anuncia algo que va a pasar: Él mismo actúa para que suceda.

Esto abre una puerta clave para entender a la iglesia. La iglesia no es algo desconectado de Israel. Es la continuación del pueblo de Dios, pero definida correctamente: no por etnia, sino por gracia. No hay dos pueblos. Hay uno solo, formado bajo el mismo principio de siempre, la promesa soberana de Dios que da vida. Por eso Pablo puede decir a los efesios:

«Recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Porque Él mismo es nuestra paz, y de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación» (Ef. 2:12–14).

Esto nos confronta profundamente: no alcanza con estar cerca; es necesario haber nacido de la promesa. El pueblo de Dios no se define por la cercanía externa, sino por la obra soberana de Dios que da vida.

2. La promesa es por elección (vv. 7–9)

Pablo ahora demuestra su punto. «Ni son todos hijos por ser descendientes de Abraham» (v. 7). Esto era radical, porque los judíos confiaban precisamente en su linaje. Cuando Jesús les dijo en Juan 8: «Si ustedes permanecen en Mi palabra, verdaderamente son Mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres», ellos respondieron: «Somos descendientes de Abraham». Para ellos la seguridad estaba en su origen. Pero Pablo dice: eso nunca fue suficiente.

El ejemplo que utiliza es Isaac e Ismael: «en Isaac será llamada tu descendencia» (Gn. 21:12). Abraham tuvo dos hijos, Ismael e Isaac. Ambos eran hijos biológicos. Ambos venían de Abraham. Pero la promesa no fue para ambos.

La historia importa. Ismael no aparece por accidente. En Génesis 16, Sara, al ver que no podía tener hijos, propone una solución: le entrega a Abraham su sierva Agar para tener descendencia por medio de ella. Abraham accede. Nace Ismael, como resultado de un intento humano de «resolver» lo que Dios había prometido. Es un nacimiento real, biológico, pero no es el cumplimiento de la promesa. Es el resultado de la carne, la iniciativa humana tratando de producir lo que solo Dios podía producir.

Isaac, en cambio, es completamente distinto: es el nacimiento de la promesa. En Génesis 17:17, en el contexto del pacto, Abraham dice: «¿A un hombre de cien años le ha de nacer un hijo?». Tenía cien años, y Sara, noventa. En Génesis 18:11–12, Sara se ríe, porque humanamente era imposible: era estéril, había pasado la edad, no había posibilidad. Y, sin embargo, el Señor dice: «Al tiempo señalado volveré… y Sara tendrá un hijo» (Gn. 18:10, 14). Y eso es exactamente lo que ocurre. Isaac existe porque Dios cumplió Su promesa. No porque Abraham pudo. Ni porque Sara pudo. Sino porque Dios actuó.

Pablo, interpretando esto, lo explica así: «Esto significa que no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendencia» (v. 8). Aquí tenemos la clave para entender toda la historia: hay dos categorías. Los hijos de la carne son aquellos que existen por medios humanos, por iniciativa del hombre; Ismael representa eso, lo que el hombre puede producir. Los hijos de la promesa son aquellos que existen porque Dios intervino, porque Dios habló y luego actuó para cumplir lo prometido; Isaac representa lo que solo Dios puede producir.

Hay aquí un principio teológico fuerte: el pueblo de Dios no es el resultado de la capacidad humana, sino del poder soberano de Dios. No nace de la carne; nace de la promesa. Los mismos protagonistas lo demuestran. Si uno mira la historia, Abraham tuvo fallas (Gn. 12; 20), Sara dudó, e Isaac también mostró debilidad (Gn. 26–27). Queda claro: la salvación nunca fue por mérito; siempre fue por gracia. Como resume Romanos 4:3, «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia».

Esto destruye cualquier confianza falsa. Nadie nace cristiano. Nadie hereda la salvación. Nadie puede producir vida espiritual por sí mismo. No alcanza con estar cerca; Dios tiene que obrar. Al final, o uno es fruto de la carne, o es fruto de la promesa. Y solo los que son fruto de la promesa pertenecen verdaderamente al pueblo de Dios.

3. La elección es soberana (vv. 10–13)

Pablo ahora lleva el argumento más lejos. «Y no solo esto…» (v. 10). Es como si dijera: si el primer ejemplo no alcanza, y alguien piensa que la diferencia se explica por tener distintas madres, el siguiente ejemplo elimina también esa posibilidad.

«Rebeca concibió de uno, de nuestro padre Isaac» (v. 10). Ahora no hay diferencias posibles: mismo padre, misma madre, mismo vientre, mismo momento. Gemelos. No hay ninguna ventaja natural de uno sobre el otro. Y, aun así, antes de que nacieran, Dios dijo: «El mayor servirá al menor» (v. 12; cf. Gn. 25:23). Esto rompe toda lógica cultural. En esa cultura, el mayor tenía el derecho: la primogenitura, la herencia, la bendición. Pero Dios invierte el orden.

El centro del argumento está en el versículo 11: «no habían nacido, ni habían hecho ni bien ni mal». Pablo está cerrando todas las puertas posibles al mérito humano. Dios decide antes de cualquier acción, antes de cualquier decisión, antes de cualquier obra, «para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciera». En pocas palabras, Dios está mostrando que Su plan no depende del hombre. No cambia según lo que el hombre haga. Es un propósito eterno, firme, soberano.

«No por las obras, sino por Aquel que llama» (v. 11). Esto elimina todo mérito. Pero también elimina algo más profundo: no es que Dios miró hacia adelante y vio algo en Jacob que lo hacía mejor. No es previsión de obras. No es potencial humano. Es Dios que llama. Es Dios que decide. Es Dios que lleva adelante Su propósito.

«A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí» (v. 13; cf. Mal. 1:2–3). Este es lenguaje de pacto. Dios decidió poner Su amor sobre Jacob, y no sobre Esaú. La frase puede sonar chocante, y es importante entenderla bien. No está hablando de un odio emocional, caprichoso o impulsivo, como nos suele suceder a nosotros. No es que Dios reaccionó con enojo o injusticia. Simplemente, Dios decidió no poner Su amor redentor sobre Esaú como lo hizo con Jacob; decidió no incluirlo en la línea de la promesa. Y esto se confirma en el contexto de Malaquías, donde ese «aborrecer» se manifiesta en términos de juicio y no de favoritismo emocional.

Hay también algo importante que no podemos pasar por alto: Esaú no era inocente, ni sus descendientes lo fueron. La Escritura muestra su desprecio por la primogenitura (Gn. 25:29–34). La elección no es injusta, y el rechazo no es arbitrario. La elección soberana es una verdad difícil, pero bíblica. Al final, la diferencia no está en el hombre, está en Dios: en Su elección, en Su propósito, en Su voluntad soberana.

Aquí es necesaria una aclaración pastoral. Esto no significa que Dios sea injusto. La condenación siempre es justa: por el pecado, todos la merecen. Dios no condena a nadie inocente. El punto es que la salvación nunca es merecida; es solo gracia. Por eso, la pregunta correcta no es por qué Dios no salva a todos, sino por qué salva a alguno. Y eso no se nos revela; pertenece al misterio de Su voluntad.

Lo que sí sabemos es que a todos los que Dios salva, los salva en Cristo. Cristo es la simiente prometida (Gá. 3:16). Cristo es el cumplimiento del pacto. Cristo es el fundamento del pueblo de Dios. Él es donde la promesa se cumple plenamente. Y hoy, el que está en Cristo, el que ha sido llamado, el que ha respondido en fe, es parte del verdadero pueblo de Dios.

Una palabra al creyente

Esto no es solo doctrina. Es una realidad que debería sacudir al cristiano. Si eres parte del pueblo de Dios, no es porque un día decidiste acercarte; es porque Dios, en Su gracia, te llamó cuando no podías venir. No naciste de la promesa porque eras mejor, ni porque estabas más dispuesto, ni porque eras más espiritual. En un acto soberano, Dios te dio vida. Te buscó cuando estabas lejos. Te abrió los ojos cuando no veías. Te trajo a Cristo cuando no lo estabas buscando.

Eso debería humillarnos profundamente, porque no hay nada en nosotros que explique por qué estamos aquí. Y, al mismo tiempo, debería llenarnos de una seguridad inquebrantable: si esto comenzó en Dios, no depende de nosotros sostenerlo. El mismo Dios que nos llamó nos preservará hasta el final.

Por eso, la respuesta que corresponde es la adoración. Cuando uno entiende que es un hijo de la promesa, que pertenece al pueblo de Dios no por lo que hizo, sino porque Dios decidió amarlo, no se puede quedar igual. La pregunta honesta que esto produce es: «Señor, ¿por qué yo? ¿Por qué me alcanzaste? ¿Por qué me diste vida cuando yo no la buscaba?». Y la única respuesta es: solo gracia. Toda la gloria es del Señor.

Una palabra a quien aún no ha creído

Quizá, al leer esto, alguien piense: «Entonces, ¿qué hago yo con esto? Si Dios elige, y la salvación no depende del hombre, tal vez yo estoy afuera». Pero ese no es el punto del texto. El punto no es cerrarte la puerta; es mostrarte que la salvación no está en ti. Y eso, en realidad, es esperanzador. Porque si dependiera de ti, no habría esperanza. Pero como depende de Dios, hay esperanza incluso para ti.

La pregunta no es «¿soy elegido?». La pregunta es: ¿qué vas a hacer con Cristo? Porque Dios no solo eligió un pueblo; también envió a Su Hijo. Cristo vino, vivió perfectamente, murió por pecadores y resucitó. Y, en medio de esta tensión, Jesús también dijo: «Todo lo que el Padre Me da vendrá a Mí, y al que viene a Mí, de ningún modo lo echaré fuera» (Jn. 6:37). No dice «el que primero sepa si es elegido». Dice: «el que viene».

Así que no te quedes analizando desde afuera. No te escudes en lo que no entiendes. Ven a Cristo. Arrepiéntete. Confía en Él. Y si vienes, después descubrirás algo glorioso: que no viniste solo. Que Dios ya estaba obrando en ti.

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