Este sermón, basado en Romanos 9:14-18, aborda la aparente tensión entre la soberanía de Dios y la justicia humana en la salvación. El pastor Cristian Palomares explica que la misericordia divina no depende de méritos, deseos ni esfuerzos humanos, sino de la libertad absoluta de Dios. En última instancia, la cruz de Cristo es la prueba definitiva de su justicia y amor.
Texto bíblico: Romanos 9:14–18
Pablo anticipa una objeción inevitable: si Dios elige soberanamente, ¿hay injusticia en Él? La respuesta es tajante: “De ningún modo”. Esta pregunta no solo cuestiona a Dios, sino que expone nuestro corazón, porque tendemos a medir su justicia con nuestros propios criterios. Suponemos que lo justo es que todos reciban lo mismo, pero al aplicar esa lógica a la salvación, olvidamos que la misericordia, por definición, no es una deuda. Si Dios tratara a todos con estricta justicia, nadie sería salvo. La verdadera sorpresa no es que algunos no sean salvos, sino que Dios salve a pecadores.
Pablo responde con la Escritura, citando Éxodo 33:19: Dios tiene misericordia de quien quiere. En el contexto del becerro de oro, Israel no tenía mérito alguno; aun así, Dios decidió mostrar gracia. Esto revela que la salvación no depende del deseo ni del esfuerzo humano (“del que quiere ni del que corre”), sino exclusivamente de Dios. La fe misma es un don. Así, toda jactancia queda excluida y el creyente es llevado a una dependencia humilde y total del Señor.
Luego, Pablo presenta el caso de Faraón para mostrar el otro lado de la soberanía divina: Dios endurece a quien quiere. Faraón no era un buscador sincero, sino un rebelde; Dios lo confirma en su condición para manifestar su poder y su nombre. La misericordia se da a quienes no la merecen, y el endurecimiento ocurre sobre quienes ya son culpables. Dios no crea el mal, pero actúa soberanamente incluso sobre la oposición humana.
Esta tensión nos conduce al evangelio. En la cruz, la justicia de Dios es satisfecha y su misericordia se derrama sobre pecadores. Dios no deja de ser justo para salvar; castiga el pecado en Cristo para poder mostrar gracia. Por eso, la salvación no depende de nosotros, sino de la misericordia divina revelada en Jesús. Esto humilla nuestro orgullo, pero también da descanso: no tenemos que sostener lo que Dios inició. Y a quien aún no cree, el llamado es claro: arrepentirse y confiar en Cristo, pues esta misma misericordia hoy se le ofrece.
“La verdadera sorpresa no es que Dios no salve a todos, sino que, siendo pecadores, Él haya tenido misericordia de nosotros en Cristo.”